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La gloria y el drama

El dolor es temporal, pero la gloria dura para siempre, dijo alguna vez el atleta británico Derek Redmond. Y es una gran verdad: en el atlestismo para entrar en la memoria colectiva, ser famoso y ganar, no siempre hay que estar en los primeros lugares. La maratonista suiza Gabriela Andersen-Sheiss, el propio Redmond y el mítico italiano Dorando Pietri, por mencionar algunos, consiguieron la gloria de forma muy particular.

Era el verano de 1984, el calor caía a plomo en California. A días de iniciar los Juegos de Los Angeles, Andersen-Sheiss, 39 años, no llegó a tiempo para aclimatarse; era el día de la prueba, 5 de agosto, y la humedad y el calor seguían elevados. A pocos kilómetros de la meta, ya mostraba síntomas de deshidratación, pero no se detuvo, al contrario: al entrar en el Memorial Coliseum, intentó ir más deprisa. Fue un error.

Agotada, apretó su gorra entre las manos y se la puso de nuevo arrastrando las piernas, mientras su cuerpo se inclinaba hacia un lado. Con los brazos colgando y la gorra ladeada, víctima de un esfuerzo sobrehumano, se negó a que los médicos la asistieran. Dio la vuelta al estadio y 100 mil manos le aplaudían al unísono. Recorrió la pista en 4 minutos 55 segundos. Una eternidad. Cruzó la meta y cayó, literalmente, en brazos de los socorristas. Llegó en el lugar 37, pero se convirtió en leyenda; no ganó medalla pero sí fama y gloria, incluso más que la estadounidense Joan Benoit, la ganadora.

El británico Derek Redmond tampoco ganó medalla en Barcelona 92, pero nos dejó su historia de voluntad y amor entre padre e hijo. Era el favorito en los 400 metros y arrancó con fuerza, pero a 200 metros de la meta, sintió un tirón en la pierna derecha, seguido de mucho dolor y se desplomó en la pista sobre su rodilla izquierda, los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no por el dolor. Un equipo médico corrió a atenderlo. No, no me voy a subir a esa camilla. Voy a terminar mi carrera, dijo a los socorristas. Y se levantó.

Su padre saltó desde las gradas para ayudarlo. Elementos de seguridad trataron de detenerlo, él abrazó a su padre y se apoyó en él, juntos cruzaron la meta. Entonces el padre se derrumbó y se echó a llorar también. Padre e hijo se abrazaron desconsolados.

Otra legendaria escena es la de Dorando Pietri. En Londres 1908, primera vez que el Maratón fue de 42.195 km, el italiano entró primero al estadio, pero iba desorientado y deshidratado, hasta que se desmayó a metros de la meta. Un juez lo ayudó a levantarse y eso hizo que lo descalificaran. Pero tanto impactó su hazaña, que al día siguiente, la Reina Alexandra le premió con una copa de oro igual a la del ganador.

Así que la próxima vez que sientas que no puedes más, que las fuerzas te fallan o que te desanime no ser el primero en la pista o en la vida, recuerda: el dolor es pasajero, la gloria es para siempre.

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